REVISTA DE LIBROS

Domingo 28 de Diciembre de 2008

Cheever on the rocks


John Cheever (1912-1982) escribió pocas novelas; solía tener dificultades para estructurarlas. Sus cuentos, en cambio, fueron abundantes y muchos de ellos tendrían un digno lugar en una antología de los mejores cuentos del siglo XX. Tuvo un diario durante casi toda su vida; lo llevaba en hojas sueltas, garabateadas a máquina sin prolijidad ni fechas. Robert Gottlieb, que fue también el editor de sus últimos cinco libros, entre ellos el clásico Stories of John Cheever, asegura haber armado Diarios seleccionando cerca de un vigésimo del material original. El resultado son algo más de 400 páginas de fragmentos de distinta extensión, donde el escritor norteamericano cuenta de sí desde que tiene poco más de cuarenta años hasta su muerte, enfermo de cáncer, a los setenta.

En un principio, Cheever mantuvo un diario por simple costumbre; pero hacia el final de su vida, confiesa su hijo Benjamín en la introducción, consideró la idea de publicarlo, cosa que finalmente no se hizo hasta después de su muerte. Es, por supuesto, un relato sin estructura, que deriva libremente, a veces de un párrafo a otro, a veces de una oración a otra. Cheever puede detenerse en la descripción de un atardecer, detallar la hora exacta en que fue por el primer gin en la mañana, entrar en una reflexión de corte sicoanalítico sobre su búsqueda de estabilidad o hacer un relato pormenorizado de un sueño. Por ejemplo, en 1961: "He enviado 'The bridge', tal vez sea menos que nada. Corto leña mientras hablo con F.: una hora agradable. Despierto antes del amanecer pensando en varias cosas, por ejemplo, en el muslo granate de C. El libro, el libro". Esa forma de digresión, natural de un diario, hace que en un principio la lectura se sienta extraviada. Sin embargo, al pasar las páginas los fragmentos comienzan a sumar. Cheever se muestra como un tipo sensible, muy deprimido al principio de su cuarentena, más entero después, progresivamente alcohólico, con serios desentendimientos con su mujer, pero al mismo tiempo incapaz de dejarla, con conflictos irresueltos con su hermano mayor y cada vez más confeso de tendencias homosexuales. Al mismo tiempo, sin embargo, es un hombre creyente, muy amoroso con sus hijos, débil y tierno a la vez, y extremadamente fino en sus observaciones. Dice por ejemplo: "Al mirar a mi alrededor, me parece encontrar una cantidad insólita de infelicidad y ebriedad. No tenemos indigencia, frío, hambre, soledad ni ninguna de las desdichas habituales: ¿por qué tantos de nosotros nos esforzamos por olvidar nuestra dicha?".

En una suerte de péndulo entre las fuerzas del infierno y las fuerzas de la redención, sutil pero consistentemente, Diarios adquiere una tensión dramática no muy lejana de una novela tradicional. La presencia del paisaje, de la luz y de los sonidos de la noche; la riqueza en la descripción de personajes; la cargada sensualidad o distancia revelada por pequeños gestos; el vuelo lírico y limpio que puede alcanzar su prosa, todo esto es muy cheeveriano y envolvente. Melancólico, pero con una ventana abierta a la luz y al aire fresco. Cheever no es de esos escritores que imponen su genio, como Nabokov o Borges. Tampoco cristaliza el mundo de una manera que parece definitiva, a lo Hemingway o Tolstoi. Pero su sensibilidad y cadencia lentamente te empapa y te traspasa, te lleva a sentir las heridas del tiempo, pero también la belleza de los hijos, la tristeza del desentendimiento, la gloria de sostener una cintura entre las manos. Después de leer a Cheever, y se agradece, todos somos cheeverianos.

Ernesto Ayala

Diarios

John Cheever

Traducción de Daniel Zadunaisky, Editorial Emecé, Buenos Aires, 2007, 502 páginas, $15.900.

Diario


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